Alejandro Farquharson: memorias de un Chajarí que producía, soñaba y crecía
El empresario rural y comerciante recuerda la época de los molinos arroceros, las fábricas de aceite, los antiguos cines y las historias del Tatumandí en una charla cargada de memoria y nostalgia sobre el crecimiento de Chajarí.
Hay personas que, sin dudarlo, son guardianes de la memoria de un pueblo. No porque hayan escrito libros ni porque ocupen cargos importantes, sino porque vivieron, experimentaron, escucharon y recuerdan. En el aniversario de Chajarí, conversar con Alejandro Farquharson fue justamente eso: abrir una ventana a una ciudad que ya no existe del todo, pero que sigue viva en las anécdotas, en los nombres de las calles y en las historias que todavía sobreviven en la memoria oral.
Empresario rural, comerciante y referente del histórico comercio de envases plásticos que funciona desde 1969, Farquharson no habla desde la nostalgia. Habla desde la experiencia de haber visto transformarse a Chajarí durante décadas.
Primera parte de la entrevista con Alejandro Farquharson
“Comenzó como una fábrica de envases plásticos, de bolsitas, que abastecía a todos los molinos arroceros de la zona”, recuerda. En aquellos años, la producción era tan intensa que llegaron a tener quince empleados solamente cortando bolsas para los molinos arroceros que trabajaban a lo largo de toda la costa del río Uruguay, desde Concepción del Uruguay hasta casi Paso de los Libres. Las bolsas eran para 60kg de arroz y se trasladaban manualmente.
Pero la charla rápidamente deja de ser una entrevista comercial para convertirse en un viaje por la historia productiva de Chajarí.
Una ciudad industrial que muchos olvidaron
Hoy cuesta imaginarlo, pero Chajarí tuvo una fuerte impronta industrial. Farquharson enumera fábricas de aceite, acopios, molinos, cooperativas arroceras y emprendimientos que marcaron una época. Recuerda especialmente la fábrica Castoroil, donde se elaboraba aceite de tártago, y otras aceiteras que funcionaron en distintos puntos de la ciudad.
Cuenta también cómo la citricultura fue desplazando otras producciones tradicionales: el maní, la batata, el olivo y el tártago fueron perdiendo terreno ante el crecimiento del citrus. “Nos hemos transformado casi en un monocultivo”, reflexiona, preocupado por la falta de diversificación productiva.
2° parte de la entrevista con Ale Farquharson
En medio de esos recuerdos aparece la vieja Cooperativa Arrocera Carlos Pellegrini, que funcionaba donde hoy se encuentra el complejo conocido como “El Viejo Molino”.
Habla de una época en la que las cooperativas ayudaban verdaderamente al productor: financiaban combustible, semillas y sostenían económicamente a las familias rurales. Para Farquharson, el gran motor de aquel desarrollo fue el crédito productivo del Banco Nación.
Recuerda con claridad un sistema que hoy parece imposible: productores que obtenían préstamos al 8% anual para retener vientres vacunos y aumentar la producción ganadera. Los animales eran marcados con las siglas “BN” y no podían venderse durante cinco años.
“Eso generaba producción y trabajo”, afirma.
El tren, los vagones y una ciudad en movimiento
En el relato de Alejandro aparece permanentemente el tren como símbolo del progreso.
Chajarí tenía barracas, galpones ferroviarios y una estación donde se cargaban vagones enteros con mercadería que viajaba a Buenos Aires. Él mismo recuerda haber visto un vagón completo cargado de panes de alpargata para un ramo general de la ciudad.
La llegada del ferrocarril cambió la región. Farquharson recuerda incluso un hecho histórico poco conocido: la visita del presidente Nicolás Avellaneda a la zona de Mocoretá en 1875 para inaugurar el tramo ferroviario entre Concordia y Monte Caseros.
*Reflexionando, el pasado no parece tan lejano. Hablamos de 1875 y luego reflexionamos sobre cómo apenas “dos personas de cien años” separan esa época de la actualidad. La historia, está mucho más cerca de lo que creemos.
El Tatumandi y las noches de campo
Uno de los momentos más ricos de la conversación llega cuando aparece el mítico Tatu Mandi.
Para muchos jóvenes de hoy, el nombre apenas suena familiar. Pero Farquharson reconstruye con precisión la historia de aquel club y hospedaje creado por productores rurales de Tatutí y Mandisoví que necesitaban un lugar donde quedarse cuando venían a Chajarí.
Describe la construcción diseñada por el arquitecto Ignacio Sinclair: una casa en forma de “L”, con dormitorios, cocina, despensa y un comedor-bar donde no había barman. Cada uno se servía lo que quería y dejaba el dinero en una caja.
“La honestidad era total”, resume.
Las historias del Tatumandí mezclan elegancia rural, camaradería y humor. Había reuniones sociales, fiestas sociales para recaudar fondos durante la guerra y productores que llegaban en carros, carretas o diligencias desde zonas alejadas.
Y también estaban las anécdotas pintorescas: hombres que, después de algunas copas, ya no encontraban sus propios caballos para regresar al campo.
Los cines, las pandorgas y una infancia distinta
Como ocurre en las mejores charlas, la entrevista va saltando entre recuerdos grandes y pequeños. Farquharson habla de los antiguos cines de Chajarí, del cine en “lo de Arralde”, de las matinés del Gran Libertad y de las películas de Bud Spencer, Terence Hill, Olmedo y Porcel.
(Recordamos cómo los chicos zapateabamos tanto durante las películas del oeste que levantaban tierra del piso de madera del cine.)
También revive una infancia muy distinta a la actual: calles con apenas tres focos por cuadra, partidos de fútbol en descampados y tardes enteras levantando pandorgas detrás de donde hoy está la Escuela San Antonio.
“Yo estuve feliz levantando barriletes”, dice con una mezcla de orgullo y melancolía.
La comparación con la actualidad aparece inevitablemente. Habla del exceso de pantallas, de los chicos que terminan la escuela sin comprensión de texto y de una tecnología que puede ser “lo mejor y lo peor que nos pasó”.
Los inmigrantes y el espíritu de Chajarí
Hacia el final, Alejandro deja una reflexión que explica buena parte del crecimiento de la ciudad.
Para él, el desarrollo de Chajarí tiene mucho que ver con la llegada de inmigrantes europeos que recibieron pequeñas parcelas de tierra y debieron empezar prácticamente desde cero.
“Aquí la tierra estaba en varias manos”, explica. Y eso generó una cultura del trabajo, del esfuerzo y del progreso familiar que todavía hoy define a buena parte de la comunidad.
Recuerda incluso el centenario de la llegada de los colonos, celebrado el 26 de abril de 1976 en Plaza Libertad, donde terminó siendo locutor casi de casualidad siendo todavía estudiante secundario.
La charla termina con una idea simple, pero profunda: los pueblos que pierden la memoria terminan condenados a repetir errores. Por eso estas historias importan.
Porque detrás de cada fábrica desaparecida, de cada cine cerrado, de cada estación ferroviaria olvidada o de cada pandorga levantada en un baldío, hay algo más grande: la identidad de una ciudad entera.
Alejandro Farquharson – Historia de Chajarí – FM del Este 100.5
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