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Hernán “El Loco” Saraví: el custodio de la memoria del viejo Chajarí

Hernán “El Loco” Saraví: el custodio de la memoria del viejo Chajarí

Hernán El Loco Saravi

Músico, conductor radial, coleccionista y narrador de historias populares, Saraví repasa su vida entre la Propalación Monumental, las bandas de los años 70, el Castillo de Vieira y los personajes inolvidables de la ciudad


Hernán “El Loco” Saraví: memoria viva de Chajarí.

Hablar con él no es hacer una entrevista. Es sentarse a escuchar un tiempo que ya se fue. Porque Hernán habla y aparecen las calles de tierra, los bailes de club, las radios a válvula, las bicicletas apoyadas en los cordones, las noches con bocinas sonando desde los techos y los músicos armando bandas con más entusiasmo que instrumentos.

Escuchá la entrevista a Hernán Saraví en El Despertador

Tiene esa rara capacidad de acordarse de todo… Pero de verdad.

No solamente fechas o nombres. Se acuerda de cómo olían algunos lugares y cosas, de quién vivía en cada esquina, de qué negocio había antes donde hoy hay otra cosa. Se acuerda del sonido de la Propalación Monumental y hasta de las voces de gente que hace décadas ya no está.

Y quizá por eso colecciona.

Colecciona fotos, revistas, discos, billetes, recuerdos, anécdotas y pedazos de historia. Como si en el fondo supiera que alguien tenía que salvar todo eso antes de que desaparezca.

Porque Hernán vive con una sensación permanente: la de que Chajarí se está olvidando de sí mismo.

Entonces él recuerda… Y cuenta.

Cuenta que nació en Buenos Aires, en el Hospital Rivadavia, pero que muy chico volvió a Entre Ríos con su madre, una mujer de la colonia que cantaba muy bien y trabajó toda la vida. Su viejo era policía, aunque tenía alma de rebelde. “No soportaba recibir órdenes”, dice Hernán, y uno entiende rápido de dónde salió el personaje.

La infancia no fue sencilla.

Hubo mudanzas, trabajos duros y épocas difíciles. En Monte Caseros fue monaguillo siendo apenas un gurí. Todavía se emociona cuando recuerda aquella iglesia chiquita a la que volvió más de sesenta años después y donde sintió que seguía viendo al chico que alguna vez fue.

Pero si hay algo que marcó su vida fue la música, la melodía de la sangre que apareció temprano y nunca más se fue.

En aquellos años armar una banda en Chajarí era casi un acto de locura. No había plata, no había equipos y muchas veces tampoco había demasiada idea de cómo tocar. Pero sobraban ganas.

Y ahí estaba Hernán.

En grupos con nombres increíbles como Alfa 29, Azabache o Satanás. Tocando donde se pudiera, con equipos prestados, cables atados y amplificadores que parecían estar a punto de explotar.

Una de las historias que más lo pinta ocurrió en un baile. El equipamiento era tan precario que terminaron todos electrocutados. El cantante quedó pegado al micrófono y no podía soltarse hasta que alguien alcanzó a cortar la luz. Después del susto, juró que no cantaba nunca más.

Pero ellos siguieron, porque así era esa generación.

Improvisaban todo… Hasta los finales de las canciones.

Hernán cuenta que la banda nunca podía terminar un tema junta. Siempre alguno seguía de largo unos compases más. Entonces inventó una solución casera: armó una caja con una llave de velador donde conectó todos los equipos. Cuando llegaba el final, directamente cortaba la electricidad y listo. Tema terminado.

Y mientras lo cuenta se ríe como un chico con esa risa limpia de la gente que sobrevivió a muchas cosas.

Después vino la radio.

O mejor dicho: la Propalación Monumental.

Los más jóvenes quizá no lleguen a imaginar lo que era aquello. Un sistema de parlantes distribuidos por distintos puntos de la ciudad que transmitía música, avisos fúnebres, carreras cuadreras, mensajes, bailes y noticias. Una especie de radio callejera que sonaba en el aire mismo del pueblo.

Hernán terminó comprando al Toro Menéndez la Propalación en los años 70 y la hizo crecer.

Llegó a tener trece bocinas conectadas por cables que atravesaban media ciudad. Se subía a techos, reparaba líneas, soldaba conexiones y peleaba contra las tormentas, los camiones que cortaban cables y la burocracia que quería prohibir aquel sistema.

Pero él seguía porque le fascinaba. Le fascinaba esa idea de hablarle a la ciudad entera.

Todavía recuerda dónde estaba cada bocina. Frente a qué negocio. En qué esquina. En qué techo. Como si pudiera caminar hoy mismo y señalar cada lugar.

Y entre medio de todo eso estaba la vida.

Los amigos.

Las noches eternas.

Los personajes de Chajarí.

El curandero Salomón.

Una de las historias que más recuerda Hernán Saraví tiene que ver con Salomón, el legendario curandero de Chajarí, un personaje rodeado de misterio y del que todavía hoy muchos vecinos siguen hablando.

Salomón, además, era pariente del padre de Roberto Marsilli, conductor del programa donde se realizó la entrevista. Por eso muchas de aquellas historias llegaron a Hernán desde relatos familiares y conversaciones de otros tiempos, cuando en los pueblos las anécdotas se transmitían de boca en boca.

Según recuerda Saraví, Salomón tenía una presencia impactante: alto, de barba blanca, pelo largo y aspecto casi bíblico. “Parecía un santón”, dice. Muchísima gente lo visitaba buscando curaciones, consejos o ayuda espiritual. Algunos aseguraban que hacía cosas que los médicos no podían explicar.

Pero la anécdota más increíble ocurrió el día de su muerte.

En aquellos años los entierros se realizaban en carros tirados por caballos. Cuando llevaban el féretro rumbo al cementerio, los animales comenzaron a ponerse nerviosos frente a la casa de Salomón. Relinchaban, se levantaban y se negaban a avanzar. Finalmente lograron calmarlos y continuar, pero al llegar al paso de la vía los caballos volvieron a detenerse por completo.

No hubo forma de hacerlos seguir.

Entonces tuvieron que bajar el cajón y llevarlo entre varios hombres, a pulso, hasta el cementerio.

Lo más llamativo es que, según contaba el Coco Marsilli, el propio Salomón había dicho antes de morir que a él “lo iban a llevar en andas”.

Y todavía hoy, muchos años después, su tumba sigue recibiendo flores, cintas y visitas de personas que continúan creyendo en su poder.

El Castillo de Vieira, memorias de veranos soñados

El Castillo de Vieira ocupa un lugar muy especial en la memoria de Hernán Saraví porque allí trabajó su madre durante varios veranos, en una época muy difícil para la familia. Después de separarse y quedar sola con sus hijos, la mamá de Hernán hacía de todo para salir adelante: lavaba ropa, cocinaba, limpiaba pisos y aceptaba cualquier trabajo que apareciera. En vacaciones era contratada para cocinar en la estancia La Matilde, más conocida como el Castillo de Vieira, donde pasaban temporadas familias y socios que llegaban desde Buenos Aires.

Saraví recuerda que el administrador, don César Tiscornia, llegaba en un jeep blanco con techo de chapa y los llevaba junto a su madre hasta el castillo, donde se quedaban viviendo durante toda la temporada. Tenían una pequeña casa aparte para dormir, mientras ella trabajaba en las enormes cocinas del lugar preparando comidas para los visitantes.

Para Hernán, aquel lugar era casi mágico. Dice que en los años 50 el castillo parecía “de otro mundo”: tenía luz eléctrica, ventiladores de techo, agua caliente y grandes salas de juegos, algo absolutamente extraordinario para la época y para la realidad de la región.

Pero lo que más quedó grabado en él fueron las noches.

Recuerda el castillo levantado sobre una barranca, con la luna iluminando el río, el silencio del campo, el sonido de los grillos y las pequeñas luces lejanas del pueblo de Belén. Años más tarde, durante momentos muy duros de depresión, Hernán confesó que muchas veces volvió mentalmente a esas noches para encontrar calma. “Eso para mí era una placidez tremenda”, dijo.

Por eso todavía hoy habla del Castillo de Vieira con una mezcla de nostalgia, admiración y tristeza. Siente que no era solamente una construcción histórica: era parte de la memoria emocional de toda una época.

Hernán Enrique Saraví y la historia de Chajarí

Hernán Saravi habla de los bares, las herrerías, las radios viejas, los personajes de barrio y esas pequeñas historias que parecen insignificantes para muchos, pero que en realidad forman la identidad de un pueblo. Por eso Hernán escribe un libro sobre Chajarí. No lo hace para convertirse en historiador ni para buscar reconocimiento. Lo hace porque siente que alguien tiene que contar esas cosas antes de que se pierdan para siempre. Porque entiende que una ciudad no solamente desaparece cuando derriban un edificio o cierra un negocio antiguo. También desaparece cuando nadie recuerda cómo vivía su gente, cómo hablaba, qué música escuchaba o quiénes fueron sus personajes. Y quizá por eso emociona tanto escucharlo: porque habla desde el cariño verdadero por su ciudad, desde la gratitud por lo vivido y desde una sensibilidad simple y humana que hoy parece cada vez más difícil de encontrar.

Loco, loco loco…querido loco

Hernán Saraví.

Nuestro personaje abraza perros, habla con los árboles, se ríe de sí mismo. Y sigue mirando la vida con ojos de gurí curioso, incluso después de todo lo vivido.

En tiempos donde todo dura segundos, Hernán Saraví sigue creyendo en las historias largas.

En las sobremesas.

En las canciones completas.

En las conversaciones sin apuro.

Y sobre todo, sigue creyendo en algo que ya casi nadie defiende: la memoria de los pueblos.

Hernán “El Loco” Saraví – Historia de Chajarí – FM del Este 100.5

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