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PAX SILICA Capítulo III | El poder invisible: José Abdala y la disputa por el control del siglo XXI
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La carrera por la inteligencia artificial ya no se limita al desarrollo de nuevas tecnologías. En la mirada del analista geopolítico José Abdala, detrás de los chips, los centros de datos y las grandes inversiones se está produciendo una transformación mucho más profunda: el desplazamiento del poder hacia quienes sean capaces de controlar la información, los algoritmos y las decisiones estratégicas del futuro.
En las dos primeras entregas de este especial analizamos cómo la disputa por los semiconductores, los minerales críticos, la energía y la infraestructura tecnológica está reconfigurando el mapa geopolítico mundial. José Abdala sostiene que nada de eso ocurre de manera aislada. Cada inversión en un centro de datos, cada nueva fábrica de chips, cada reactor nuclear modular proyectado para abastecer de energía a la inteligencia artificial forma parte de un mismo proceso.
Compartimos el audio de la entrevista. Vale la pena escucharla 100% clara y contundente
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Pero, para comprender hacia dónde conduce esa transformación, es necesario formular una pregunta diferente.
¿Qué es lo que realmente buscan las grandes potencias?
La respuesta de Abdala no se detiene en la economía ni en la innovación tecnológica. Su análisis apunta hacia otro lugar: el poder.
No el poder entendido únicamente como capacidad militar o fortaleza económica, sino como la posibilidad de anticiparse a los acontecimientos, procesar información antes que los demás y tomar decisiones con una velocidad imposible para cualquier ser humano.


En ese contexto, sostiene, la inteligencia artificial deja de ser una herramienta informática para convertirse en un activo estratégico comparable, por su importancia, al petróleo durante el siglo XX.
Una nueva forma de ejercer el poder
Las grandes transformaciones de la historia siempre estuvieron acompañadas por un cambio en la forma de ejercer el poder. Los imperios dominaron a partir del control del territorio; la Revolución Industrial trasladó esa supremacía hacia la producción y la energía; la segunda mitad del siglo XX consolidó la influencia de quienes lideraban el desarrollo científico y tecnológico.
Abdala considera que el siglo XXI inaugura otra etapa.
El poder ya no dependerá exclusivamente de la capacidad para producir bienes o desplegar fuerza militar. También comenzará a medirse por la posibilidad de reunir cantidades inmensas de información, interpretarlas mediante inteligencia artificial y convertir ese conocimiento en decisiones estratégicas.
La velocidad pasa a ser un factor determinante. En los mercados financieros, en la competencia tecnológica, en la planificación militar o en la gestión de infraestructuras críticas, quien procesa antes la información adquiere una ventaja que hace apenas unas décadas resultaba inimaginable.
Por esa razón, explica, la carrera por la superinteligencia artificial no debe interpretarse como una competencia entre empresas para lanzar mejores productos al mercado. Detrás de esa disputa se juega una parte sustancial del equilibrio de poder de las próximas décadas.

Cuando la decisión deja de ser humana
Es en este punto donde la entrevista adquiere un tono diferente.
Abdala deja de hablar de infraestructura tecnológica para plantear una inquietud que, según afirma, todavía ocupa un lugar marginal en el debate público: la posibilidad de que sistemas de inteligencia artificial comiencen a intervenir en decisiones que históricamente pertenecieron a los seres humanos.
Durante décadas, incluso en los momentos más delicados de la Guerra Fría, la decisión de iniciar una respuesta militar dependía de personas capaces de evaluar el contexto político, interpretar información contradictoria o, simplemente, desconfiar de un dato.
La historia registra varios episodios en los que esa intervención humana evitó consecuencias irreparables. Uno de los más conocidos ocurrió en septiembre de 1983, cuando el oficial soviético Stanislav Petrov decidió desobedecer el protocolo que indicaba responder a un supuesto ataque nuclear estadounidense detectado por los sistemas de alerta temprana. Petrov interpretó que existían inconsistencias en la información y optó por esperar. Horas más tarde se comprobó que el sistema había confundido reflejos solares con el lanzamiento de misiles.
Abdala retoma antecedentes como ese para formular una pregunta inquietante.
¿Qué ocurrirá cuando esa capacidad de interpretar el contexto, dudar o cuestionar una información sea reemplazada por algoritmos diseñados para actuar en cuestión de segundos?
Su preocupación no radica en la inteligencia artificial como herramienta, sino en la posibilidad de que determinadas funciones estratégicas comiencen a depender de sistemas cuyo razonamiento responde exclusivamente a modelos matemáticos y a los objetivos para los cuales fueron programados.
En ese escenario, sostiene, una interpretación errónea podría desencadenar respuestas automáticas antes de que exista tiempo para la intervención humana.
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El dato como instrumento de poder
Hacia el tramo final de la entrevista, Abdala introduce un nombre que resume buena parte de esa transformación: Palantir Technologies.
No lo hace para describir la actividad de una empresa ni para detenerse en cuestiones técnicas. La referencia le sirve para ilustrar cómo el poder comienza a desplazarse hacia quienes son capaces de integrar información procedente de fuentes muy diversas y convertirla en conocimiento útil para la toma de decisiones.
Fundada en 2003 con la participación del empresario Peter Thiel, Palantir desarrolla plataformas utilizadas por organismos gubernamentales, agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad para analizar grandes volúmenes de datos. Su capacidad para relacionar información dispersa y construir modelos predictivos convirtió a la compañía en uno de los actores más influyentes dentro del ecosistema tecnológico vinculado con la seguridad y la defensa.

Sin embargo, Abdala sostiene que el verdadero debate no pasa por la existencia de empresas como Palantir.
Lo verdaderamente trascendente es la capacidad tecnológica que esas plataformas representan.
La posibilidad de cruzar información proveniente de sistemas de vigilancia, comunicaciones, registros públicos, movimientos financieros o bases de datos de distinta naturaleza abre oportunidades inéditas para prevenir delitos, investigar organizaciones criminales o gestionar situaciones de emergencia. Pero esa misma capacidad plantea, al mismo tiempo, interrogantes de enorme trascendencia para las sociedades democráticas.
- ¿Quién controla esas herramientas?
- ¿Bajo qué mecanismos institucionales funcionan?
- ¿Dónde termina la seguridad y dónde comienza la vigilancia permanente?
Lejos de rechazar el desarrollo tecnológico, Abdala plantea que la discusión debe concentrarse en los límites. Advierte que una sociedad puede terminar aceptando mecanismos de supervisión cada vez más sofisticados convencida de que representan un intercambio razonable entre privacidad y seguridad, sin advertir que ese proceso puede modificar de manera profunda el ejercicio de las libertades individuales.
La cuestión, sostiene, deja entonces de ser exclusivamente tecnológica para convertirse en un debate político.
La concentración del conocimiento
En distintos momentos de la conversación, Abdala vuelve sobre un aspecto que considera central: la creciente concentración de capacidades tecnológicas en un reducido grupo de corporaciones.
Durante buena parte del siglo XX, la discusión sobre el poder estuvo asociada al rol de los Estados. Hoy, afirma, resulta imposible comprender el escenario internacional sin incorporar a las empresas que desarrollan inteligencia artificial, controlan infraestructuras digitales o administran plataformas capaces de procesar información a una escala sin precedentes.
No se trata únicamente de una cuestión económica.
Quien desarrolla los algoritmos, controla los datos y dispone de la infraestructura necesaria para entrenar modelos de inteligencia artificial adquiere una influencia que trasciende los mercados y comienza a proyectarse sobre la seguridad, la política y las relaciones internacionales.

Es, según Abdala, una transformación silenciosa, pero de enorme profundidad.
El verdadero debate
A lo largo de toda la entrevista, José Abdala evita presentar la inteligencia artificial como una amenaza inevitable. Tampoco propone detener el avance tecnológico. Su preocupación apunta hacia otro lugar.
La pregunta que plantea es quién establecerá las reglas en una etapa histórica en la que la capacidad de procesar información puede convertirse en el principal factor de poder.
Es una discusión que excede el ámbito de la informática.
Interpela a la política, al derecho, a las instituciones democráticas y, especialmente, a las sociedades en su conjunto.
Más que una predicción, su planteo constituye una invitación a discutir hacia dónde se dirige ese proceso y qué lugar ocuparán las personas en un mundo donde cada vez más decisiones podrán ser asistidas —o eventualmente sustituidas— por sistemas capaces de calcular más rápido que cualquier ser humano.
Continuará
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