Cambios de paradigma en la alimentación: la mirada de Pablo de la Iglesia sobre la comida real y la salud
El naturópata Pablo de la Iglesia analiza el nuevo enfoque alimentario, el rol de las proteínas, las grasas saludables y la necesidad de volver a la comida real en el contexto actual.
En un contexto social y económico complejo, donde la caída de ingresos y el deterioro de la calidad de vida atraviesan a amplios sectores de la clase media, la forma en que nos alimentamos vuelve a ocupar un lugar central en el debate sobre la salud. Ese fue el eje de la columna de salud natural a cargo del naturópata Pablo de la Iglesia, emitida en el programa “El Despertador”, que se transmite el primer miércoles de cada mes por FM del Este 100.5.
EEUU y la nueva Guía alimentaria propuesta por Robert Kennedy Jr
Estados Unidos acaba de publicar una nueva pirámide nutricional dentro de sus Guías Alimentarias 2025–2030, que representa un cambio sustancial en la forma de entender la alimentación. En lugar de ubicar a los cereales y harinas como base de la dieta, la pirámide ahora da mayor jerarquía a proteínas de alta calidad, lácteos, grasas saludables, frutas y verduras, y recomienda priorizar alimentos frescos por sobre los ultraprocesados y los azúcares añadidos, con el objetivo de prevenir enfermedades crónicas como la obesidad, la diabetes y los problemas cardiovasculares.
La premisa es clara: estamos frente a un cambio de paradigma alimentario. Ya no se trata de “combatir la enfermedad” cuando aparece, sino de prevenirla a partir de lo que ponemos todos los días en el plato.
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Comida real: volver a lo simple
El concepto que ordena este nuevo enfoque es el de comida real. ¿Qué significa? Alimentos que generaciones anteriores reconocerían sin dificultad como comida: frutas, verduras, carnes frescas, huevos, legumbres, lácteos simples y cereales integrales. Productos con mínimo procesamiento, sin listas interminables de ingredientes ni aditivos artificiales.
Este giro cuestiona décadas de recomendaciones oficiales que priorizaron alimentos ultraprocesados, azúcares añadidos y harinas refinadas, hoy asociados a enfermedades crónicas como diabetes, obesidad y trastornos metabólicos.
Proteínas: necesarias, pero sin excesos
Las proteínas ocupan un lugar esencial en la alimentación, pero el nuevo paradigma propone desdramatizar su consumo. No es necesario abusar de la carne: una porción moderada puede complementarse perfectamente con legumbres, huevos, lácteos reales, frutos secos y cereales integrales.
El enfoque es integral: la proteína debe provenir de alimentos reales, sean de origen animal o vegetal, y adaptarse a la edad, la actividad física y el metabolismo de cada persona.
Lácteos, vegetales y frutas: calidad antes que cantidad
Los lácteos no quedan excluidos, pero sí se redefine su lugar: se recomiendan leche, yogur y quesos reales, sin azúcar agregado ni edulcorantes. Postres lácteos ultraprocesados, no.
En cuanto a verduras y frutas, se enfatiza su rol central: más de la mitad de la alimentación diaria debería provenir de vegetales. Las frutas son valiosas, pero consumidas enteras y con moderación, especialmente en personas con problemas metabólicos. Los jugos concentrados dejan de ser recomendables.
Cereales: integrales sí, refinados no
Otro eje del cambio es el lugar de los cereales integrales. Pan blanco, pastas refinadas y harinas ultraprocesadas pasan a la lista de lo que conviene evitar. En su lugar, se priorizan granos integrales, en porciones moderadas, como complemento y no como base absoluta de la dieta.
Grasas: del miedo a la selección
Durante años se demonizó a la grasa. Hoy, la mirada es más precisa: grasas de buena calidad —presentes en carnes, lácteos reales, aceite de oliva, manteca verdadera, coco— pueden formar parte de una alimentación saludable. Lo que se desaconseja de forma contundente son los aceites industriales, margarinas y grasas ultraprocesadas.

La clave vuelve a ser el contexto: una dieta cargada de azúcar y harinas refinadas vuelve perjudicial incluso a las grasas naturales.
Qué evitar y qué priorizar
El nuevo paradigma es tajante en algunos puntos:
- Evitar ultraprocesados, aceites comunes, azúcares añadidos y edulcorantes.
- Reducir al mínimo productos “light” o “diet” industriales.
- Priorizar alimentos de estación, frescos y, cuando sea posible, de producción local o propia.
- Apostar a la austeridad consciente: comer mejor no siempre implica gastar más, sino elegir distinto.
Alimentarse mejor en medio de la crisis
En un país atravesado por la crisis, el mensaje es contundente: comer sano no es un lujo. Producir alimentos en patios, balcones o huertas comunitarias, consumir lo de estación y reducir los productos industrializados puede mejorar la salud y aliviar el bolsillo.
Más que una dieta rígida, se propone un cambio cultural: recuperar el vínculo con la comida, escuchar al cuerpo, evitar fanatismos y comprender que la salud comienza mucho antes del consultorio médico.
Como se remarca en cada columna de El Despertador, la alimentación no es un tema secundario: es una decisión cotidiana que impacta directamente en la calidad de vida, especialmente en tiempos difíciles. Volver a la comida real aparece así no como una moda, sino como una necesidad urgente.
FM del Este 100.5
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