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Ariel Coremberg: Récord de exportaciones, superávit y bolsillos vacíos – ¿por qué la bonanza no llega a la gente?

Ariel Coremberg: Récord de exportaciones, superávit y bolsillos vacíos – ¿por qué la bonanza no llega a la gente?

Ariel Coremberg

En una entrevista con El Despertador, el doctor en Economía Ariel Coremberg analizó la distancia entre los indicadores que celebra el Gobierno de Javier Milei y una economía cotidiana marcada por el estancamiento, las dificultades para llegar a fin de mes y el deterioro de los sectores medios.

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Advirtió que el superávit comercial es una condición necesaria, pero no suficiente: faltan confianza, crédito e inversión productiva para que los dólares se traduzcan en actividad y bienestar.


Argentina puede batir récords de exportaciones, acumular meses de superávit comercial y exhibir un ordenamiento de las cuentas públicas. Sin embargo, para una parte importante de la sociedad, la recuperación anunciada por el presidente Javier Milei y el ministro de Economía, Luis Caputo, sigue sin aparecer en el bolsillo.


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¿Por qué los buenos números de la macroeconomía no se traducen en una mejora perceptible de la vida cotidiana? ¿Qué sucede con los dólares que ingresan al país? ¿Y cuánto puede sostenerse una economía que exporta más, pero no consigue reactivar plenamente el consumo, el empleo y la inversión?

Esas fueron algunas de las preguntas que atravesaron la entrevista al doctor en Economía Ariel Coremberg en El Despertador, donde planteó una explicación que va más allá de la discusión sobre las exportaciones y las importaciones: el problema argentino también es cómo circulan los recursos, cómo se financia la actividad económica y, sobre todo, por qué persiste la desconfianza.

Un superávit comercial que no alcanza

El contexto parece favorable a primera vista. En septiembre, las exportaciones argentinas alcanzaron los 10.036 millones de dólares, un récord mensual, mientras que el superávit comercial llegó a los 2.976 millones. El resultado estuvo impulsado especialmente por el sector energético, con un fuerte crecimiento de las ventas de petróleo y gas. Al mismo tiempo, las importaciones retrocedieron un 1,8% interanual en valor.

Las cifras son relevantes y representan una fuente genuina de divisas para el país. Pero, como explicó Coremberg, es necesario distinguir entre el crecimiento de las exportaciones y la capacidad de esa riqueza para dinamizar el conjunto de la economía.

El economista reconoció que el aporte de la energía y de las exportaciones agropecuarias es positivo y que el superávit comercial resulta necesario para afrontar los compromisos de deuda externa. Sin embargo, advirtió que la caída de las importaciones puede reflejar también el estancamiento económico, especialmente cuando disminuyen las cantidades compradas en el exterior.

No es lo mismo importar menos porque el país produce más y sustituye compras externas que hacerlo porque empresas y consumidores reducen sus gastos, postergan inversiones o pierden capacidad de compra.

En ese sentido, el dato comercial no puede analizarse de manera aislada. Hay que observar qué ocurre con la industria, la construcción, los comercios, las pequeñas y medianas empresas y el consumo de los hogares.

El superávit puede ser una buena noticia para las cuentas externas sin representar, por sí solo, una mejora inmediata para la mayoría de los argentinos.



¿Adónde van los dólares que genera el país?

Uno de los puntos centrales del diagnóstico de Coremberg es el destino de las divisas que ingresan por las exportaciones.

Según explicó durante la entrevista, una parte de esos dólares se utiliza para afrontar los vencimientos de la deuda externa. Otra parte termina en el ahorro privado fuera del sistema financiero argentino, en efectivo, cajas de seguridad o cuentas en el exterior.

El economista señaló que, mientras los argentinos sigan considerando al dólar fuera del sistema bancario como la principal protección para sus ahorros, una parte de las divisas no se convertirá en crédito para financiar la producción.

En otras palabras, el país puede generar dólares, pero eso no garantiza que esos recursos terminen transformándose en préstamos para una pyme, capital de trabajo para un comercio, financiamiento para una industria o inversión que genere nuevos puestos laborales.

Coremberg describió este fenómeno como una dificultad para reciclar productivamente la abundancia de divisas. La economía necesita que los recursos vuelvan al circuito financiero y productivo, en lugar de salir de él o destinarse exclusivamente a cubrir obligaciones.

La consecuencia es una paradoja: ingresan dólares por exportaciones, pero las empresas que dependen del mercado interno continúan enfrentando dificultades para vender, invertir y sostener su actividad.

La desconfianza que paraliza el crédito y la inversión

Para Coremberg, el problema no se explica únicamente por las decisiones del Gobierno actual. También responde a una historia de inestabilidad monetaria, cambios de reglas, incumplimientos y temor a que los ahorros vuelvan a quedar expuestos a decisiones políticas.

El economista sostuvo que la incertidumbre electoral y el riesgo de un cambio de rumbo económico impulsaron a hogares y empresas a dolarizar sus activos. En la entrevista mencionó compras de dólares por decenas de miles de millones durante el período de mayor incertidumbre.

Cuando los ahorros salen del sistema bancario, los bancos tienen menos recursos para prestar. Y cuando el crédito escasea o se encarece, se vuelve más difícil financiar inversiones, sostener el capital de trabajo y estimular la actividad.

A esto se suma el peso de las tasas de interés sobre las familias y las empresas endeudadas. Coremberg relacionó el fuerte encarecimiento del crédito con el aumento de la morosidad y las dificultades para afrontar las obligaciones financieras.

Su diagnóstico es que Argentina no podrá desarrollar de manera sostenida su economía si cada ciclo electoral vuelve a poner en duda la continuidad de las reglas.

La confianza, desde esta perspectiva, no es una cuestión abstracta: es una condición para que los ahorros se conviertan en financiamiento, el financiamiento en inversión y la inversión en producción y empleo.

La pobreza y una clase media cada vez más debilitada

La distancia entre las estadísticas macroeconómicas y la realidad social también obliga a mirar qué sucede con los ingresos, el consumo y las oportunidades de los hogares.

En la entrevista, Coremberg planteó que puede reconocerse un resultado positivo en términos de evitar una hiperinflación, sin que eso signifique que la recuperación económica haya sido suficiente. Distinguió, en definitiva, entre estabilizar determinadas variables y conseguir que esa estabilización mejore el poder adquisitivo y la actividad.

En la nota se advirtió que sectores como la industria y la construcción todavía no muestran una reactivación suficiente. También se describió una economía en la que cierran negocios y pymes, mientras la bonanza que reflejan algunos indicadores no termina de llegar a buena parte de la población.

La cuestión de la pobreza debe abordarse en ese mismo contexto. Una eventual reducción de la pobreza medida por los ingresos no significa necesariamente que los hogares hayan recuperado su capacidad de consumo, su estabilidad laboral o sus posibilidades de progresar. Para evaluar una mejora social duradera también importa la calidad del empleo, el acceso a los servicios, el endeudamiento y la capacidad de cubrir los gastos cotidianos.

En paralelo, el deterioro de la clase media constituye una señal especialmente preocupante. Cuando los salarios pierden capacidad de compra frente a los gastos esenciales, las familias dejan de consumir bienes y servicios que antes formaban parte de su vida habitual. Esa retracción golpea a los comercios, a la gastronomía, a los servicios profesionales y a las pequeñas empresas que dependen de la demanda interna.

La publicación de FM del Este titulada La destrucción de la clase media desarrolla precisamente esa preocupación: el retroceso del poder adquisitivo, el encarecimiento de gastos esenciales y la caída del consumo debilitan a sectores que históricamente funcionaron como un motor de la economía argentina.

La consecuencia puede ser un círculo difícil de romper: las familias consumen menos, los comercios venden menos, las empresas reducen su actividad y el empleo pierde dinamismo. En ese escenario, los indicadores favorables de sectores exportadores no alcanzan para compensar las dificultades de las actividades que dependen del mercado interno.

¿Se está concentrando la riqueza?

La pregunta sobre la distribución de los recursos también surge de esta brecha. Si el país genera más divisas, pero la mejora no se traduce en salarios, empleo, consumo e inversión extendidos, es necesario examinar qué sectores reciben los beneficios del nuevo escenario económico.

Coremberg destacó el aporte de la energía y de las exportaciones agropecuarias, pero advirtió que esa generación de dólares no se transforma automáticamente en crédito y actividad para el resto de la economía.

Esto permite plantear una cuestión central: ¿los beneficios del crecimiento se están distribuyendo entre una mayor cantidad de sectores y hogares o se concentran en actividades con capacidad exportadora, financieras y vinculadas a los recursos naturales, mientras el comercio, la industria orientada al mercado interno y los trabajadores enfrentan mayores dificultades?

La entrevista no aporta una medición específica de la concentración del ingreso o de la riqueza que permita afirmar, por sí sola, cuánto se concentra y quiénes son los principales beneficiarios. Pero sí ofrece elementos para discutir el problema: la desconexión entre los dólares generados y el financiamiento productivo, el estancamiento de determinadas actividades y la persistencia de una demanda interna debilitada.

No alcanza, entonces, con preguntar cuánto exporta la Argentina. También importa quiénes participan de esa generación de riqueza, qué empleos produce, cuánto valor agregado queda en el país y de qué manera esos ingresos se convierten en mejores condiciones de vida.

Qué falta para que la recuperación llegue a la economía cotidiana

El tramo más relevante del planteo de Coremberg aparece cuando se pregunta qué debería hacer la Argentina para superar el estancamiento.

Su respuesta no se limita a reclamar más exportaciones ni a celebrar el equilibrio fiscal. El economista considera indispensable reconstruir la confianza en la moneda y en el sistema financiero, generar condiciones para que los ahorros regresen a los bancos y restablecer un mecanismo de crédito que permita financiar la actividad productiva.

Entre las medidas que propuso, destacó una reforma monetaria que, a su entender, debería contemplar un cambio de moneda y prohibir que los bancos financien al Estado. Sostuvo que una transformación de ese tipo contribuiría a proteger el sistema financiero de las necesidades de financiamiento público y a recuperar la credibilidad necesaria para que los ahorristas vuelvan a confiar en él.

También insistió en la necesidad de reglas previsibles y duraderas, que no dependan exclusivamente de quién gobierne. Para el economista, la responsabilidad de sostener la estabilidad no corresponde solamente al oficialismo: también importa que la oposición ofrezca garantías de continuidad institucional y fiscal.

Pero su planteo incluyó otra cuestión de fondo: mejorar la eficiencia del Estado sin recurrir necesariamente a recortes de empleo público. Propuso reducir impuestos y desregular profundamente las contrataciones y los proveedores estatales, con licitaciones competitivas que permitan bajar costos y evitar que los recursos públicos se pierdan en sobreprecios.

En lugar de trasladar todo el costo del ajuste a los ingresos de los hogares o a los servicios esenciales, Coremberg planteó que hay margen para revisar gastos, contratos y mecanismos de provisión del Estado.

La cuestión productiva también resulta decisiva. Sin crédito accesible, sin inversión y sin una recuperación sostenida de la demanda, la estabilización corre el riesgo de quedarse en los números. La economía necesita que las empresas puedan financiarse, que los consumidores recuperen capacidad de compra y que las actividades generadoras de empleo encuentren condiciones para crecer.

Estabilizar no es lo mismo que recuperar el bienestar

Coremberg ofreció una lectura que evita una respuesta simplista. Reconoció que el Gobierno puede exhibir resultados en materia de estabilización y en la prevención de una crisis inflacionaria todavía más grave. Pero advirtió que esos avances no resuelven automáticamente los problemas de actividad, empleo y poder adquisitivo.

La diferencia entre ambos planos es fundamental. Una economía puede mejorar sus cuentas fiscales y externas mientras una parte de la sociedad sigue sin percibir beneficios concretos. La estabilidad es necesaria, pero necesita traducirse en inversión, producción, empleo de calidad y salarios capaces de sostener el consumo.

El desafío consiste en evitar que el superávit se convierta en un resultado contable desconectado de la vida cotidiana. Los dólares de las exportaciones deben ayudar a fortalecer las reservas, afrontar las obligaciones externas y, al mismo tiempo, crear condiciones para financiar el desarrollo. Para ello hacen falta confianza, crédito, reglas previsibles y una estructura productiva que pueda generar oportunidades más allá de los sectores que lideran las ventas al exterior.

La pregunta que atravesó la entrevista en El Despertador sigue abierta: si la Argentina exporta más, obtiene superávit y ordena sus cuentas, ¿por qué tantas familias continúan haciendo malabares para llegar a fin de mes?

La respuesta de Coremberg apunta a una cuestión central: el éxito macroeconómico no se completa hasta que la estabilidad se convierte en desarrollo y ese desarrollo llega a la sociedad. Mientras los dólares no se transformen en crédito, inversión, empleo y recuperación del poder adquisitivo, la bonanza seguirá siendo mucho más visible en las estadísticas que en la mesa de los argentinos.

FM del Este 100.5

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