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Nordelta y el desalojo de los carpinchos: cuando el negocio inmobiliario expulsa a la naturaleza

Nordelta y el desalojo de los carpinchos: cuando el negocio inmobiliario expulsa a la naturaleza

El operativo para trasladar carpinchos en Nordelta vuelve a exponer una contradicción de fondo: barrios privados construidos sobre humedales que hoy pretenden expulsar a la fauna nativa por resultar “incómoda”.


El problema no son los animales, sino un modelo de urbanización que avanza sobre ecosistemas frágiles y luego criminaliza a quienes siempre vivieron allí.

En la madrugada, mientras gran parte del país dormía, comenzó en Nordelta un operativo que volvió a encender la polémica ambiental en la provincia de Buenos Aires. Personal de Flora y Fauna bonaerense, junto a otros organismos, avanzó con el desalojo de carpinchos que habitan el barrio, pese a la existencia de una medida cautelar y en medio de protestas de vecinos y asociaciones protectoras.

Integrantes de la agrupación Carpinchos Nordelta Somos Su Voz y residentes del lugar permanecían desde la noche del domingo en el barrio Silvestre, sobre el acceso sur del complejo, intentando impedir el traslado de los animales. Denunciaron la colocación previa de redes y jaulas trampa, una metodología que calificaron de violenta y contraria a cualquier criterio de protección de la fauna silvestre.

Pero el conflicto excede largamente el operativo puntual. Lo que ocurre en Nordelta es la consecuencia directa de una decisión tomada años atrás: urbanizar humedales, uno de los ecosistemas más importantes y frágiles del país.

Los carpinchos no invadieron Nordelta: Nordelta invadió su hábitat

Conviene decirlo con claridad, aunque incomode:
los carpinchos no llegaron después, no son una plaga ni una anomalía. Son fauna nativa del humedal, presente allí mucho antes de que existieran lagunas artificiales, countries, muros perimetrales y seguridad privada.

Nordelta se construyó sobre tierras inundables, alterando cursos de agua, rellenando bajos naturales y fragmentando el ecosistema. El resultado es previsible: los animales siguen buscando alimento, refugio y corredores biológicos que ya no existen.

Ahora, cuando la postal idílica del barrio exclusivo se ve interrumpida por la presencia de carpinchos, la respuesta no es revisar el modelo, sino expulsar a los animales.

Un fallo judicial que habilita el desarraigo

Pese a la existencia de una cautelar, un fallo de primera instancia permitió avanzar con el procedimiento. La escena es elocuente: el Estado autorizando el traslado forzado de animales silvestres para resolver un problema generado por el propio avance humano sobre el humedal.

Desde las organizaciones ambientalistas advierten que el traslado no solo implica estrés extremo, sino también riesgo de muerte, ruptura de grupos familiares y dificultad de adaptación a nuevos territorios.

No se trata de “reubicar”, sino de arrancar a los animales de su hogar.

El mensaje que deja Nordelta

Lo que ocurre en Nordelta sienta un precedente preocupante. El mensaje es claro:
primero se destruye el ambiente, luego se culpa a la fauna por las consecuencias.

Si los carpinchos molestan, la pregunta es incómoda pero inevitable:
¿por qué se eligió vivir en un humedal?

La respuesta suele omitirse porque expone una verdad incómoda: el deseo de exclusividad, naturaleza artificializada y rentabilidad inmobiliaria pesó más que cualquier criterio ambiental.

Un conflicto que va más allá de Nordelta

El caso no es aislado. En toda la provincia de Buenos Aires —y en gran parte del país— los humedales son rellenados, fragmentados o degradados, mientras se demoran leyes de protección y se multiplican los conflictos entre urbanización y naturaleza.

Los carpinchos se volvieron visibles porque son grandes, mansos y fotogénicos. Pero detrás de ellos hay aves, reptiles, anfibios y otras especies que desaparecen en silencio.

Conclusión

El problema no son los carpinchos.
El problema es un modelo de desarrollo que avanza, arrasa y después expulsa.

Nordelta no es víctima de la naturaleza: es el resultado de haberla ignorado. Y mientras no se discuta en serio el uso del suelo y la protección de los humedales, los desalojos seguirán ocurriendo, siempre de madrugada y siempre contra los que no tienen voz.


 

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